David Ed Castellanos Terán
@dect1608
El espectáculo que montaron en el Senado —una trifulca física entre Alejandro “Alito” Moreno, líder del PRI, y Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Mesa Directiva— no fue solo un bochornoso altercado. Fue la representación simbólica del vértigo con que la política mexicana se vacía de contenido y se nutre del enfrentamiento visceral.
Fuentes como El País lo describen como una “bronca” que dejó al sistema político en estado de emergencia. La sesión, pensada para discutir la intervención militar estadounidense, derivó en golpes, empujones e insultos, sembrando un nuevo modelo político donde el diálogo se sustituye por el choque físico.
La respuesta de la presidenta, Claudia Sheinbaum, fue contundente: esto es el PRIAN en estado puro —autoritarismo que se disfraza de oposición, recuerda las prácticas de porrismo que vivió en sus años universitarios—.
Esa caracterización no solo es brutalmente precisa; es una alerta de lo que sucede cuando los frentes opositores pierden el rumbo democrático y se enredan en su propia violencia.
Pero hay más. Lo ocurrido es una jugada política maestra. El choque no solo expone la debilidad estratégica del PRI, que busca visibilidad a costa de la dignidad institucional. También beneficia a Morena, pues, la caída de Noroña —con todo y su perfil combativo y radical— despeja su bloque interno y refuerza la narrativa del pasado de “vientre de poder”. Es un remezón interno que, paradoja, fortalece la hegemonía oficialista.
Así, mientras el Senado parece recinto de boxeo político, lo más alarmante es lo que no se videograbó: el silencio en torno a escándalos estructurales, la impunidad enquistada, la ausencia de ideas concretas en materia de seguridad y bienestar. La oposición sirve de show-clown y, mientras tanto, los casos como los huérfanos de Carmona en Tamaulipas—cuyo desfalco millonario al sistema de salud sigue sepultado en el ruido—respiran aliviados.
El Senado exhibió una política de aquelarre, hombres que justifican su violencia con retórica feminista, amenazas y autoritarismo disfrazado de memoria histórica. El resultado es una legislación que se orquesta desde un ring y no desde la deliberación. La democracia no se fortalece expulsando disensos; se aniquila cuando se prohíbe la palabra, y de prohibir la palabra nadie habla, eso, también es violencia.
En definitiva, ganaron quienes viven del ruido. Alito, Noroña, quienes ven en la polarización el alimento político que les hace que el país no les pida cuentas. Y entre tanto, el teatro de la falta de Estado sigue en marcha: mientras cambia la función, el guion no lo dirige el pueblo, sino quienes temen que el día en que regresen los reflectores, nadie proteste ni investigue.
En la intimidad… En medio de esta política nacional desbordada por la confrontación, desde Ciudad Madero surge una figura distinta, marcada más por la conciliación que por la estridencia: Sergio Céspedes, actual regidor. Exfutbolista profesional, hoy se mueve en la cancha de la política con un estilo que privilegia el liderazgo cercano, la disciplina y el trabajo constante.
La gente lo impulsa con fuerza para convertirse en presidente del Comité Directivo Municipal del PAN, y ese respaldo ciudadano es, quizás, su mayor capital político. Céspedes sabe que tiene áreas de oportunidad, porque en política —como en el deporte— siempre hay margen de mejora. Pero también entiende que los proyectos sólidos se construyen paso a paso, con paciencia y constancia: Roma no se construyó en un día.
Ese contraste entre la estridencia del Senado y la construcción pausada de liderazgos locales como el de Céspedes, es la mejor muestra de que la política no está condenada al pleito de esquina. En Madero, se abre la posibilidad de que la política recupere su sentido original: servir, unir y construir.
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